LOS CARTELES DEL ICAIC. UNA IMPRONTA EN LAS ARTES VISUALES CUBANAS

Con el triunfo de la Revolución en 1959 se originaron los cambios políticos económicos y sociales más sustanciales en toda la historia de Cuba. En marzo del mismo año, con la fundación del ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos) comenzó a manifestarse la voluntad de crear una cinematografía nacional con otros presupuestos formales y conceptuales además de concebir una amplia política de exhibición tanto del cine nacional como extranjero que posibilitara la formación paulatina de un espectador más culto.

Conjuntamente con el nacimiento del nuevo cine cubano y ante la necesidad de promocionar un mayor volumen de filmes, un grupo de diseñadores —muchos de los cuales provenían de la publicidad comenzaron a realizar carteles asumiendo sin traba alguna todo lo que les resultara de provecho para la transmisión de sus mensajes. Se apropiaron de las conquistas formales del pop norteamericano, el arte óptico y cinético así como de ciertos códigos de la corriente psicodélica europea y asimilaron influencias del cartel checo, polaco y japonés para lograr, en muy corto tiempo, el reconocimiento nacional e internacional. Si bien, en aquellos años sesenta y setenta la gráfica tanto política pero sobre todo la cultural superó a la pintura al producir un rotundo cambio en la visualidad en la Isla, no hay dudas, de que la punta de lanza de esa revolución la constituyó el cartel cinematográfico.

Ya a finales de la década del sesenta, los carteles de filmes cubanos y extranjeros con la firma de Alfredo Rostgaard, Eduardo Muñoz Bachs, Rafael Morante, Antonio Fernández Reboiro, René Azcuy y Antonio Pérez (Ñiko), entre otros, fueron expuestos en salones internacionales y alcanzaron premios. Pero su mayor mérito lo constituyó, sin dudas, el logro de una transformación en la cultura y sensibilidad del público cubano que aceptó y disfrutó estas nuevas propuestas gráficas bien diferentes a las producidas con anterioridad y consiguió la elevación cultural del público cubano tanto desde el punto de vista cinematográfico como visual.

Bajo este signo favorable a lo artístico, a lo innovador y trascendente, los diseñadores dejaron desafiaron la imaginación del público al alterar conscientemente los códigos tradicionales de la comunicación visual. La ruptura no se limitó sólo a la utilización de nuevos códigos sino que alcanzó también el espacio bidimensional. Así, cambiaron la ubicación y la tipografía de créditos y textos, se incorporó la técnica del papel recortado; se abandonaron el manido recurso de los fotogramas, y el dibujo realista de rostros y escenas de gran facilismo. Desaparecieron las frases hechas concebidas sólo para vender y la información se limitó al título del filme y créditos.

Los carteles del ICAIC, como son conocidos, aportaron excelentes diseños con la utilización de una técnica absolutamente artesanal: la serigrafía, alcanzaron con ella una gran riqueza en las texturas. Diversidad de influencias y búsquedas aplicadas sin trabas de ninguna índole definieron estilos y apuntaron diversas maneras de hacer.

Las carencias materiales significaron un reto que fue asumido por los artistas que diseñaron en dependencia de la disponibilidad de materiales y de colores que en muchos casos era mínima. Por su parte los serígrafos imprimían en papel, cartulina e incluso en hojas de papel periódico y asumieron las dificultades en cuanto a la incompatibilidad de tintas alcoholes y otros materiales.

En esta nueva gráfica se abandonó el gran formato usado con anterioridad en la cartelística cubana y asumió la reproducción de carteles en un formato menor (51 x 76 cm.). Rebasaron los emplazamientos comunes —fachadas y vestíbulos de cines— para tomar las calles y avenidas principales ubicados en estructuras metálicas cubiertas por una cúpula, llamadas popularmente paragüitas, con ocho carteles que podían ser observados desde cualquier ángulo.

El cartel de cine conjuntamente con toda la gráfica revolucionaria aportó a la transformación visual de la ciudad y contribuyó a la creación de una atmósfera de participación social que se respiraba en el país al ocupar espacios públicos. Las ciudades se ennoblecieron con una belleza diferente que transgredió límites imaginables.

La validez y jerarquía otorgada al cartel de cine cambia en lo adelante, pues independientemente del filme para el cual fuera realizado, el público comenzó a admirarlo y conservarlo por su valor artístico e incluso se utilizó como elemento estético ambiental de buen gusto en hogares y oficinas.

Los años setenta marcaron el clímax en diseño y realización. Se perfeccionaron los códigos y se diversificaron incluso los ya creados estilos personales para enfrentar nuevos retos que trajeron consigo los nuevos tiempos.

A finales de los años los ochenta el país comenzó a atravesar una profunda crisis que trajo consigo un decrecimiento considerable en la producción cinematográfica nacional y en la exhibición de cine extranjero. Esta situación marcó desfavorablemente a la cartelística cinematográfica y llego a pensarse en la imposibilidad de su recuperación.

Sin embargo durante esa misma época el Instituto superior de Diseño—creado en 1984— comenzaba a egresar los primeros profesionales que a finales de esa década comenzaron a colaborar con el ICAIC en la realización de carteles para filmes cubanos, retrospectivas, semanas, muestras y eventos vinculados al medio.

Aparecen obras de jóvenes diseñadores que marcan las nuevas pautas en el diseño de la institución: Fabián Muñoz, Ernesto Ferrand, Eduardo Marín, Manuel Marcel. Unos años más tarde se une a este grupo una segunda generación de egresados del ISDi que retoman el trabajo y consolidan nuevas propuestas gráficas que resultan de interés tanto para el público como para especialistas y estudiosos que comienzan a escribir sobre la interconexión entre las propuestas del pasado y de presente. Osmany Torres, Ingrid Behety, Carlos José Núñez, Raydel Viqueira, Fernando Bencomo, Irelio Alonso, Idania del Río, Claudio Sotolongo, Nelson Ponce, Michele Mijares Hollands, Giselle Monzón, Roberto Ramos y Raúl Valdes, otros conforman el grupo que ha tenido mayor permanencia en la colaboración con el ICAIC a la vez que realizan carteles de gran atractivo para otras áreas de la cultura desde nuevas propuestas, tanto artísticas como tecnológicas.

En general el trabajo de estos jóvenes, de manera consciente e inconsciente, remite a referentes gráficos del pasado que constituyen su antecedente, pero también dan continuidad a una obra producida por la institución y que mantiene su sello a partir de la impresión en la artesanal técnica serigráfica. Estos nuevos carteles son sin duda alguna, expresión de un diseño contemporáneo y permiten constatar interesantes propuestas conceptuales, eficacia comunicativa y el uso del color, elemento que marca la cartelística del ICAIC.

Sara Vega

Cineasta cubana y especialista en la cartelería del ICAIC